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domingo, 15 de septiembre de 2013

Fantasía 3

Se habían quedado solos, tal y como querían pero a pesar de la electricidad que los empujaba el uno hacia el otro, ninguno se decidía a empezar.

Una pregunta fugaz y la llama se encendió. 

Él la agarró por la parte baja de su espalda y la atrajo hacia su cuerpo, la besó, la besó con ganas y ella rodeo su cuello con sus brazos para retenerlo. Sus alientos se mezclaron, cada vez la respiración de ambos era más intermitente y aun así siguieron respirando del otro.

Ella enredaba sus dedos en el pelo de la nuca de él para no dejar que se escapase, lo deseaba, deseaba estar con él. Sus manos se trasladaron a los brazos de él, agarrándolos con fuerza, con lujuria.

Se separaron y él la condujo hacia el sofá, la tumbó allí dejándola bajo su control, bajo su cuerpo. Comenzó a besarla de nuevo, orejas, cuello, despacio pero concienzudamente, sabiendo lo que provocaría con ello.
La camiseta de ella desapareció por la estancia, dejando su torso desnudo a merced de él. Sus pantalones y ropa interior no tardaron en desaparecer de su cuerpo.

Las miradas iban y venían, comenzando una danza sin música. Sus manos empezaron a acariciar la piel de ella, mientras comenzaba una lenta tortura de besos, con dirección a sus pechos, prosiguiendo hacia su vientre y más abajo.
Ella se incorporó, y lo abrazó, se deshizo de su camiseta y también comenzó a torturarle, besándole como él había hecho y acariciándole. Le despojó de sus pantalones y con ellos sus calzoncillos. Le miró, él la observaba, no hicieron falta palabras, ella prosiguió su tortura, haciéndole disfrutar con ella. Una lenta y placentera tortura le proporcionaba su boca mientras solo sentía como él iba a concluir. No le dejó.

Él se sentó en el sofá y comenzaron a besarse de nuevo, con más ganas si cabe pero de nuevo. Ella le poseía sin dejarle moverse y él la levantó en alto, haciéndole el amor en el aire.
Los gemidos ya no eran callados, las respiraciones eran agitadas y sus movimientos cada vez más placenteros.

La dejó en el suelo y le pidió que se pusiera de espaldas, la cogió por la cintura y volvió a hacerle el amor, pegados, espalda contra pecho. Las manos traviesas de él la hicieron terminar con habidos movimientos de sus dedos.

Estaban exhaustos, plenos el uno del otro y sucios de lujuria. El agua caliente de la ducha limpió sus impurezas, dejándolos libres.